El error del Protestantismo

El error del Protestantismo
Se debe registrar con dolor en este momento que muchos cristianos, al escapar del papado,
cayeron en el error de poner el poder de la iglesia en manos del magistrado civil, o de hacer
de la misma iglesia el depositario de este poder. Ya hemos señalado la forma trágica en que
esto se vio en el caso de Zuinglio. Satisfechos así acerca de su propia seguridad, pronto se
establecieron en sus nuevos privilegios en un lamentable estado de inercia espiritual,
recordándonos las palabras del Señor a Sardis: «Yo conozco tus obras, que tienes nombre de
que vives, y estás muerto.» Así, el protestantismo erró eclesiásticamente desde su mismo
comienzo, porque miraba al gobernante civil como aquel en quien residía la autoridad
eclesiástica. El péndulo había oscilado casi hasta el otro extremo, de manera que, en lugar de
la iglesia gobernando al mundo, el mundo vino a ser el gobernante de la iglesia.
La Confesión de Augsburgo, 1530
Cuando los protestantes fueron convocados por el emperador de Alemania para que dieran
cuenta de sus actividades y de sus razones para abandonar la fe católica, redactaron (bajo la
dirección de Lutero y de Melancton) una clara enunciación de sus doctrinas, que fue
presentada en la Dieta de Augsburgo. En los caminos de Dios, se dio a los protestantes una
recepción mucho más favorable que lo que jamás se hubiera esperado, y muchos firmes
partidarios de Roma tuvieron que inclinarse ante las convincentes palabras y artículos de fe de
los reformadores. Esta puede ser considerada como la ocasión en la que la Reforma quedó
definitivamente establecida en Alemania.
Lutero era considerado por la multitud como poco menos que un Papa, y parecería que tendía
a caer bajo la influencia de ello, porque se ha dicho que al menos en una ocasión incluso
sacrificó los intereses del evangelio para el mantenimiento de su propia autoridad. Además,
Lutero nunca pudo liberarse enteramente de los estorbos del papado, y la doctrina de la
presencia real de Cristo en la Eucaristía fue un dogma al que se aferró hasta el fin. Esto le
implicó en una acerba controversia con el gran reformador suizo Zuinglio, al que la doctrina
de la transubstanciación le causaba horror. Pero era demasiado terco para dejarse convencer,
aunque los argumentos de Zuinglio eran claros y convincentes, e incluso rehusó estrechar la
mano tendida de Zuinglio.
Los años finales de Lutero
Lutero perdió mucho por su obstinación, y casi parecía que ya se desvanecía la estrella de la
vida del gran reformador; pero el Señor añadió otros quince años a la vida de Su amado —
aunque frecuentemente errado— siervo, durante el cual tiempo sirvió fielmente de palabra y
pluma en la consolidación de la gran obra que le había sido confiada.
La Reforma en Europa
Habiendo examinado con cierto detalle la historia de la Reforma en Alemania y Suiza, y tras
haberla visto firmemente establecida en estos países bien antes de la muerte de Lutero en el
1546, es necesario hacer una mención expresa de la Reforma en algunos de los otros países
de Europa. El hecho de que una obra similar surgiera en varios países distintos
aproximadamente al mismo tiempo sólo añade más prueba —si es que se necesitara de
pruebas— de que esta gran obra fue de Dios.