Avances en Suiza
A su debido tiempo, el Papa recibió las alarmantes noticias del movimiento en Suiza, pero en
lugar de hacer tronar sus anatemas contra Zuinglio, como había hecho —y seguía haciendo—
contra Lutero, cambió de táctica, escribiéndole a Zuinglio una carta muy halagadora,
ofreciéndole todo lo que estaba en su mano excepto el trono de San Pedro. Pero Zuinglio no
desconocía las argucias de Roma, y no dejó de darse cuenta del sutil intento de acallar su voz.
Al haber rechazado la mano tendida, pero engañosa, del Papa Adriano, la Reforma en Suiza
fue ganando terreno, dando Dios abundantes pruebas de Su mano poderosa en la gran obra.
Se aprobó un decreto para la abolición de las imágenes, fue abolida la misa, y se acordó que
la Eucaristía debía ser celebrada en conformidad a su institución por Cristo. Más notable aun,
y quizá el golpe más terrible de todos para Roma, fue la conversión de muchas de las monjas,
y su petición al gobierno para que se les permitiera abandonar el convento. De esta manera, y
principalmente como fruto de las inagotables tareas de Zuinglio, las doctrinas de la Reforma
se extendieron con increíble rapidez, y al cabo de pocos años el culto reformado estaba
firmemente establecido en los tres grandes centros de Zurich, Basilea y Berna.










